[est_time] de lectura
El domingo me sentía mal, con un virus terrible, sin poder respirar con normalidad y sin señales de mejoría. Me quedé encerrada en mi casa y por la tarde ya quería escapar por la ventana. Tener ganas de salir y no conseguir las fuerzas para hacerlo es el peor castigo para una mujer como yo, así que intenté leer para despejarme y llegué a un nombre hasta entonces desconocido para mí: Madaya. Cuando investigué un poco más, me sentí más tonta que nunca.
Mientras yo me quejaba por no poder salir de mi habitación, había 40 mil personas que no podían salir de un pueblo asediado en Siria. Están condenados a morir porque su país es territorio de guerra, hambre, destrucción y un olvido asesino. Nacer en Madaya es una sentencia de muerte, vivir allí es una condena perpetua al encierro, a comer cada dos días. Hay niños que intentan suicidarse, siete en el último mes.
A Madaya la ignora Wikipedia, no es trending topic en las redes y Google arroja poquísimos datos sobre ella, todos de terror. Es un pueblo al noroeste de Damasco, la capital de una Siria que se cae a pedazos y donde la tregua dura poco. El mismo país donde 60 soldados murieron por un error de Estados Unidos. El mismo país a donde no llegará más ayuda de la ONU porque un camión con vituallas recibió un bombazo.
Madaya está bajo sitio desde julio. Es un pueblo ocupado por rebeldes y una táctica de guerra es matar de hambre a los habitantes para ver si el gobierno sirio reacciona a su favor o el otro bando libera una ciudad “leal». Hay presión de ambos bandos y los únicos que pierden son los habitantes, que terminan comiendo hojas de los árboles. Los dejan morir de inanición. Los niños que no logran escapar no cantan, no hablan, ni siquiera lloran. Solo dibujan imágenes de cuerpos mutilados. Son esqueletos andantes, como lo describió un portal de noticias.
El que intentó cruzar la frontera por un pedazo de pan fue ejecutado y las mezquitas radicales difundieron ese crimen. Alguien se atrevió a entrar con ayuda y también terminó muerto… ¿Quién quiere despertar para seguir atrapado allí? En Madaya, la muerte aparece como una opción para niños, como los suyos o los míos. En toda Siria, el sueño de un niño no es ser futbolista, sino refugiado. 250 mil niños bajo asedio, 250 mil niños que no solo viven en guerra, sino que no tienen escapatoria porque hasta ese derecho se les ha negado.
Esto está pasando hoy sin que podamos hacer nada. Seguramente usted, al igual que yo, ignoraba esta dolorosa realidad, pero está allí a pesar del olvido. En los libros de Historia de nuestros nietos, Madaya solo merecerá una mención chiquita en el repugnante recuento de la guerra. Sin embargo, yo no podré sacar a Madaya de mi mente nunca más. No comprendía qué era estar presa hasta que conocí ese nombre. No comprendía qué era el mundo hasta que conocí ese nombre.