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Este texto no está dirigido a las mamás, ni a los padres, ni a los abuelos, ni a las hermanas, tías o amigas. Está dirigido a ti, que eres una víctima o una sobreviviente de abuso sexual. A ti que tienes miedo de hablar, que sientes que nadie te escuchará y pocos te creerán. A ti que tienes miedo al qué dirán, a que te aparten, a que te dejen sola y te señalen siempre… A ti que mientras lees sabes que has sentido lo que escribo, pero estás dominada por el temor, la ansiedad por el futuro de tus hijos o la angustia de ver a cualquier hombre o mujer como un abusador potencial.
Y si eres de las que hablaron, de quienes pidieron ayuda a gritos o en susurros y no te creyeron, si tus familiares callaron pese a tu valor… quizás te sientes sola porque crees que solo a ti te ha ocurrido esto. Pero eso no es verdad.
Lamentablemente, una de cada cuatro niñas y uno de cada seis niños son víctimas de abuso sexual, según cifras mundiales de CDC -Centros para control y prevención de enfermedades-. No, no estás solo, no estás sola. Es el silencio el que alienta a los depredadores a seguir lastimando a niños y niñas.
Este sábado conocí a Paola. Es la hermosa mujer que está conmigo en la foto y que lucha cada día por empoderar a mujeres y hombres que han sufrido el abuso. Cuando me contó su historia, yo no podía contener las lágrimas. Ella fue abusada sexualmente durante once años por familiares cercanos y estuvo atrapada en un círculo de miedo desde los 5 años hasta los 16. No dormía, lloraba todas las noches y, aunque parezca una historia de terror, ella veía frecuentemente a sus abusadores.
Mientras yo me preguntaba cómo alguien puede sobrevivir a algo así, ella me restregaba la realidad en la cara: me soltaba cifras alarmantes, como que el 98% de los abusadores está en tus círculos mas cercanos disfrazados de papá, tíos, amigos, sacerdotes, pastores, doctores de confianza… Le tomó 33 años hablar, 33 años salir de un laberinto de dolor y miedo. Tres décadas de lágrimas y resentimiento, porque su familia no le creyó. Le dieron la espalda, la llevaron al psicólogo porque su palabra no bastaba.
Su fuerza natural y su deseo de romper el círculo del abuso la llevaron a leer más de 750 escritos para sanar. Ahora que ha emprendido esta campaña, analiza por qué le costó tanto hablar. Es precisamente eso lo que busca un abusador: el silencio. Y lo logra infundiendo el miedo, rompiendo el espíritu.
En nuestro país estamos en pañales a la hora de defender a los más vulnerables. Nos escondemos en las iglesias y nos golpeamos el pecho protegiendo a sacerdotes abusadores y no le creemos a los niños que hablan; preferimos no cortar la relación con un familiar con solvencia económica y mandamos a callar a la niña que confiesa haber sido tocada con malicia por un tío. Estamos disfrazados de moralistas y nos convertimos cada día en seres más inmorales. ¿Cómo explicamos lo que nos cuenta Paola? El 73% de los familiares da la espalda cuando se denuncia un abuso, y el 88% de los abusadores sigue en las calles.
La falta de apoyo, de información, el miedo a la discriminación, entre otras cosas, configuran la receta perfecta para la violación permanente de niños y niñas. Solo un 6% de las víctimas logra poner una denuncia. Y no crea que esto solo se da en familias de escasos recursos económicos. Allí una denuncia equivale a un golpe, pero en los estratos más altos, la vergüenza y el temor al qué dirán frenan el grito de auxilio.
Tenemos una deuda con los niños y las niñas. Sí podemos ser parte de este cambio. Primero preguntémonos cuánto apoyamos a nuestros hijos, cuánto los escuchamos, si tomamos en serio su palabra.
¿Sabemos lo que están haciendo? ¿Conocemos a sus amigos y a los papás de ellos? ¿A los profesores, al pastor o sacerdote que les predica, a la psicóloga que los orienta? ¿Estamos al tanto de la vida de nuestros hijos? ¿Nuestros hijos se sienten apoyados por nosotros?
A nuestras hijas, ¿las estamos empoderando? ¿Les estamos inculcando que esta sociedad es igual para hombres y mujeres? ¿Las estamos haciendo fuertes? Les estamos enseñando el valor del no? Y a nuestros hijos, ¿les decimos que son tan vulnerables como las mujeres? ¿Les damos espacio para la tristeza? ¿Les permitimos llorar?
Abre los ojos y habla. Paola hoy está casada, tiene 3 hijos y lucha para que tú hables. Si eres amiga o familiar de alguien que sospechas está sufriendo abusos, habla. No dejemos que las escalofriantes cifras sigan creciendo. Me quedo con los tres principios que Paola me repitió al terminar nuestra conversación. Di no. Sal de ahí. Habla hasta que alguien te escuche.
Sí. Habla hasta que alguien escuche, por más tiempo que pase, por más que se te agoten las lágrimas o se te escape el sueño… Al final habrá alguien que te crea, te extienda la mano y te acompañe. Seamos protagonistas de este cambio. Empecemos a escuchar, a seguirle la pista a las alertas del instinto, a cuidarnos más los unos a los otros. Así es como escribiremos una nueva historia.