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No sé si fue una coincidencia, pero la semana pasada me tropecé con temas de sexo a cada rato. Entré a Twitter y en una página de noticias me decían que tu posición sexual preferida revela tu verdadera personalidad. Luego, en Facebook, un test de autodescubrimiento sexual. No tengo nada en contra de que se ventilen estos temas tan abiertamente. Me parece positivo que la sociedad vea con normalidad el cuerpo humano y sus necesidades, que se eliminen los tabúes y que dejemos de lado la mojigatería. Más información significa que nuestros hijos estarán más prevenidos.
Pero en esta avalancha de información quizás olvidamos que nuestros hijos imitan, y mucho, nuestros comportamientos; cómo nos expresamos sobre el otro género. De nosotros depende que ese machismo que hoy predomina se extinga, o se prolongue…
No podemos tolerar que se normalice la falta de respeto, la invasión del espacio íntimo. Eso no es justificable ni es parte de la igualdad; eso nos sigue delatando como una sociedad en la que el poder femenino es solo de papel. No es igualdad asistir a una reunión en la que los hombres, en mayoría, denigran a las mujeres.
Y si usted está pensando que a todas las mujeres nos gusta escuchar halagos baratos y ser escudriñadas por miradas morbosas, está equivocado. Soy de las que demandan piropos, miradas y sonrisas, pero de mi pareja, no de cualquier charlatán que cree que porque es parte de mi vida diaria soy una cosa más entre el paisaje y, por ende, tiene el derecho de expresar su valoración de lo que ve.
Aplaudo la diversidad sexual, no soy de las que juzgan. Pero me molestan las expresiones que usan algunos hombres para decirle a una mujer que les resulta atractiva. Primero deberían detenerse a pensar si esa mujer quiere escuchar lo que opina un sujeto con el que no tiene relación emocional alguna. Deberían diferenciar, además, qué es un piropo y qué una falta de respeto. Una cosa es que te digan “qué guapa estás hoy” y otra es esa mirada descarada, como si fueras la única mujer del universo. ¿En serio creen que es un halago? No somos tan básicas. No nos queremos tan poco.
Un peldaño más abajo están los que se aprovechan de sus cargos para decir “piropos» que jamás usarían con nadie. Para colmo, son los mismos que creen que no se los puede mandar al carajo no solo porque son hombres, sino porque son jefes. Cobardes ocultos tras la máscara del capataz.
“Eres sexy” no define lo que soy. “Ya deja a tu novio” no es una orden aceptable y “mejor te verías sola” es una sugerencia que ninguna mujer debería tomar en cuenta. Por otro lado, los “a ti no te puedo decir que no” y “eres tan hermosa que no me puedo concentrar” son la confesión de que les importa un pepino nuestro trabajo. Es sexismo.
Nuestro silencio, señores, no es un “me gusta lo que dices”, o “no me molesta”. Y en eso prefiero ser la complicada, la difícil, la pesada. Basta del estereotipo de la que es buena y linda solo si acepta este tipo de comportamiento.
Porque no tenemos que aguantar ninguna palabra, ninguna mirada, ninguna frase que no nos guste. Ni en el trabajo, ni en los sitios públicos. Ni siquiera tenemos que hablar de nuestra vida personal si no queremos.
Se puede distinguir a kilómetros de distancia cuándo una mujer quiere que un hombre la galantee y cuándo no. No creo que se necesite un manual para identificar cuándo nos molesta algo, solo se requiere una sensibilidad de caballeros, que menos mal, aún existen.
Un hombre es libre para pensar e imaginar lo que desee, pero que lo vomite sin caer en cuenta que no somos un florero colocado para su evaluación, solo demuestra un profundo desprecio por todas las mujeres.